Un collar de palabras



Querida Mabel:

Ante tus insistentes señales de conocer lo que pasa, he decidido escribirte esta carta para contarte cómo andan las chicas y el barrio. En primer lugar, tienes que saber que ayer a las 2 a.m, Doria ha muerto en manos de las marionetas. Fue una tristeza insuperable enterarse de esa noticia, pero como imaginarás, el barrio no se ha movilizado para quejarse del abuso de esas horribles criaturas de maderas. Yo siempre las odié. Nunca me han gustado sus hilos y la torpeza con la que se te acercan. Siempre detesté que sean defendidas sólo por tener un gancho para las llaves y rigidez para apoyar sombreros, pero es difícil oponerse ante ese encanto que muchos defienden.

De acuerdo a la rutina del barrio, no puedo contarte muchas cosas. Sólo que por la mañana, en la plaza de la catedral, una mujer se había sentado sobre el monumento de Loba, tratando de darle vida con su mirada. Unas niñas jugando habían creído ver cómo se mueve el suelo, mientras en el ómnibus, una anciana había creído ver una súper mujer inmolarse en un tejado. Lo sé. Me dirás algo filosófico sobre la interpretación; pero sólo describo lo que retiene mi memoria en un corto plazo. En cuanto a las chicas, trataré de describirte una por una.

Anoche, por ejemplo, mientras Anabel dormía, un gato azul había entrado a casa por la ventana del patio, destrozando la esperanza de Anabel depositadas en el cristal refractario. Tú sabes cómo es Anabel con esas cosas; por ende, no me ha quedado opción de moler al gato y preparar unas túnicas plateadas. Anabel estará contenta al despertarse. Pobre Anabel! no puede levantarse de su cama. Ya van tres años durmiendo en la misma posición sin quejas de su parte. Yo la admiro en verdad, por mucho menos hubiera hecho una revuelta, con bombos y platillos en la calle.

En lo que concierne a Ulmira, a la pobre se la han muerto los puntos, esos que le han dado tanto dolor de cabeza y que le han proporcionado un sinfín de desdichas. Le da miedo caminar por la calle. No puede sostener la mirada ajena por la vergüenza. Una mujer con puntos muertos es algo que puede escandalizar a cualquiera. Yo la entiendo, está muy presionada por esa remera de lata, que no puede sacarse por falta de aceite de oliva, que como sabrás, está restringida sólo para el uso varonil. A Ulmira no le importa, sigue insistiendo en sacarse la remera de lata con jabón. Le he dicho que no funcionará porque el jabón es alimento de peces y no sirve para lubricar mujeres.

En lo que concierne a Melisa y a Lucy, aún siguen con la manguera inyectada. Los médicos dicen que es preferible dejarlas con el Ron ya que sin él, podrían despertar y querer cobrar sus regalías. No quiero que esta carta se extienda demasiado. He tratado de ser lo más clara posible pero tengo miedo de que mis palabras queden retenidas en el olvido como suele pasar con la gente que habla. Ojalas estés un poco mejor en tu casa pintada de azul o de negro, o como prefieres decirle.

Por acá como verás las cosas no andan bien. Había conseguido un empleo muy bien remunerado, pero me han despedido a lo segundos por no traer mi capa de harina en la cara. Tu bien sabes que no soporto el polvo ni lo blanco de la leche. Por eso, ahora estoy relegada, a un costado mirando y esperando el empleo que salve mi vida. No te preocupes, no te sientas mal. Estoy acostumbrada a esperar a un costado sin mi capa de harina, y sin el gusto por la leche. Lo sé, estarás maldiciendo en este momento, pero no es problema tuyo ni mío el que yo sea grisácea y que el hombre domine sobre mi voluntad de gaviota. Tu bien sabes que odian las gaviotas, y todas las aves que vuelan sin correa.

Te acuerdas de Graciela? Hace unos días conoció por primera vez la cárcel. Se la acusa de haber perdido el plato de porcelana que llevaba pegado en su estómago. El comisario afirmaba que fue víctima de la rupishabia, y se la acusa por no haberse medicado para prevenirla. ¿Habrás escuchado sobre la rupishabia? Por las dudas te lo explico. Es la enfermedad definida por científicos ingleses como el mal del agua, la cual consiste en concentrar una cierta cantidad en un recipiente, y habiéndolo llenado, esta seguirá ingresando de manera constante hasta explotar y mojar todo a su alrededor. Estos ingleses muy doctos, demuestran en sus teorías que sólo la mujer puede contraerla. Por ese motivo, se ha declarado una restricción de diez palabras por días entre mujeres, para prevenir el mal y, en última instancia, para no propagarlo.

A Graciela no se le ha ocurrido curarse con el collar de diez palabras, y según el comisionado, ha contraído el mal de manera irresponsable. Por eso se la acusa de suicidio, asesinato y violación a los estatutos de la porcelana. Los comentarios que circulan, dicen que le darán entre veinte y trescientos años de cárcel, más la indemnización que deberá pagar para apoyar la campaña del collar. Yo en verdad la extraño, con ella hablábamos hasta cincuenta palabras por días, escondidas debajo de la mesa o al lado del lavarropas.


Un domingo de otoño, cuando caminaba grisácea entre las coloridas, y me crucé a Laurina, mi ex compañera de primaria, la cual se había convertido en una esbelta mujer de unos 37 años, que trabajaba como maniquí de vidriera. Qué vida envidiable la de Laurina, todas queremos ser como ella pero también sabemos, que esos puestos sólo son prioridad de las hijas del alcalde. Las demás nos conformamos con llevar platos pegados al estómago o con dormir en una misma posición durante toda la vida. No me retes a esta altura; sé que no estoy viendo el lado positivo de la situación. Pero a mí me gusta volar contra el viento, y la obligación del polvo de harina en la cara se me hace imposible, ya que no podría sostenerlo en mi piel por tres míseros segundos.

Por eso estoy relegada, ni siquiera me han querido dar el puesto de almanaque, ni el de toalla de baño. Dicen que sin el polvo no puedo poseer esos trabajos ya que es prioridad por ley llevarlos a donde vaya. Qué cruel es la institución y la sociedad, ni siquiera me han preguntado si soy alérgica o si me da hambre llevar tan comestible polvo en mi rostro. Solo me imponen la ley social por encima de mi apetito. Como verás, me resisto a ello y no sigo las reglas porque el hambre siempre es más fuerte que una ley sin papel, y el equilibrio del cuerpo es más importante que un collar de diez palabras que me desestabiliza.
                                                                                                                                   


                                                                                                                                  Con cariño, Juana.


E.Barrionuevo

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